Ella miró tras la ventana como su vida pasaba sin
que ella pudiera hacer nada. Impotente,
enfadada, triste, desesperada… Hiciera lo que hiciera su vida pasaba y pasaba,
como pasan los trenes en la estación, los meses, los minutos o los días.
Suspiró, observando como las personas corrían sin
darse cuenta de la suerte que tenían de tener piernas. Como las personas
gritaban, obviando el hecho de que había personas que por mucho que gritasen su
voz no alcanzaba a ser oída. Y como veían sin ver, dejando pasar de largo
grandes minúsculos e intensos detalles.
Sonrió amargamente y sus ojos empezaron a crear un
filtro que emborronaba su visión. Añoraba aquella época donde corría como
corrían los niños. Gritaba como gritaban los niños. Veía como veían los niños.
Con pesar, bajando su cabeza, las lágrimas brotaron, naciendo en sus ojos y
suicidándose en su pequeña y fina barbilla.
Cogió aire tirando, con suavidad y cuidado, su
cuerpo a la cama, tumbándose. Solía colocarse el antebrazo en los ojos cuando
lloraba. En esos momentos se odiaba. Sus frágiles huesos, que se rompían con
una brisa demasiado fuerte le habían limitado la vida. Habían puesto grandes barreras, insuperables,
demasiado altas para ella.
Mientras que otros niños solían jugar ella tuvo
que pasarse la mitad de su vida en su cuarto, dado que jugar era
peligroso. Pero que más daba. Quería
correr, golpearse, hacerse daño. ¿O acaso no trataba la vida de eso? Se sentía
sobreprotegida, tratada diferente solo por una enfermedad y lo odiaba. Odiaba
eso tan fuertemente que hasta se odiaba a sí misma. Se trató así tanto tiempo
que se olvidó de cómo se sentía el amor.
Abrió lentamente los ojos y ladeo la cabeza a un
lado. Ahí estaba colocado, como si el señor Destino quisiese ayudar, un
cuadernito y un bolígrafo. Se levantó, lo abrió y escribió. Escribió hasta que
su mano ya no podía más. Páginas y páginas que explicaban lo que sentía y adónde
iba. Letras que juntas eran un desesperado grito de socorro que solo con ser
leído ya curaba todos sus males.
Cerró el cuaderno feliz. No era la primera vez que
escribía ni sería la última. Amaba escribir con toda su alma. Era para ella el
motivo por el cual vivía y lo que le mantenía viva. Porque en cada letra, en
cada coma y en cada frase ponía su alma entera. Ponía toda su fuerza y su
empeño y se transportaba a su mundo interior donde ella era fuerte y no temía nada.
Miró por la ventana por última vez y rio. Ella
podía llegar a ser feliz, podía amarse y podía tener ganas de vivir. Siempre y
cuando pudiese escribir, ella sería una persona completa.
Mientras pueda escribir (Feliz día del Libro)